Me clavaba las uñas en la espalda, fuerte. Era como follar con Freddy Kruger.
En realidad a mí no me gustaba. Hacía que me cabreara, y eso me hacía darle más y más fuerte. Quería hacerle daño, y de alguna manera eso me excitaba. Entonces ella me las clavaba más fuerte, y así hasta que me corría como un animal. O moría desangrado. Pero ella nunca se quejó. Ni siquiera gritaba.
A decir verdad, nunca hablamos de eso. Nunca hablábamos después de follar, que yo recuerde. Nunca hablábamos de sexo. No me preguntó qué tal la chupaba, si me gustaba más así o asá, ni yo le pregunté nunca nada tampoco. Hacíamos lo que nos apetecía y ya está. Pero un par de cosas sí que le hubiese dicho.
Recuerdo que un día, en la oficina, una de las heridas en mi espalda se abrió y empezó a sangrar. Mi camisa blanca de botones empapó que da gusto. No se a qué hora se abrió la herida, ni a qué hora se cerró. Até cabos tres días después al poner la lavadora.
Ni siquiera gritaba. Qué hija de puta.
sábado, abril 08, 2006
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1 comentario:
Buen relato.
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