domingo, mayo 28, 2006

Perdón

- Cuando fuimos el otro día al cine, me dijiste que la película te había gustado - le dice ella, apoyada en la puerta del baño.
- Que te transmitía buenas vibraciones, algo así me dijiste. Y me dabas la razón.
Él escucha atentamente, sentado en el water, esperando la continuación.
- Y es que no se parece en nada a lo que escribiste en el blog, o cómo hablabas el otro día con Alfredo. Todas esas cosas que pusiste, o que decías en el Bon Voyage, por qué no me las dijiste a mí?
- ¿Porqué debería? Es decir, igual no te hubiera gustado que te las hubiera dicho.
- Y qué, pero no entiendo porqué no me das tu opinión sincera.
Él la mira con presunta extrañeza, y comienza a sentirse y a crecer la tensión.
- ...y ese es el problema, es que a veces... parece que tienes dos opiniones diferentes, dependiendo de quién está delante de tí. Y no lo entiendo, es que no entiendo porqué... a veces pareces otra persona distinta...
- Son cosas diferentes - interrumpe él, estás mezclando... no, es que no sé qué tiene que ver. Además, no es lo mismo, recién vista la película, que luego después en casa, tranquilamente, le das más vueltas y lo ves de otra manera, yo creo que es lo normal...
Ella lo mira sin escuchar demasiado lo que él dice, mientras su discurso gana en volumen y en vehemencia.
- Son... son dos cosas diferentes, para mí son completamente diferentes, y yo que sé, también puedo cambiar de opinión no? O qué, o no?
Los dos se quedan callados. Ella le mira pasiva, pero con una de esas miradas con efecto inquisidor en las personas empáticas. Y él lo era, y mucho. Había desarrollado una barrera protectora, pero era sólo eso, una barrera. Y su mirada destruía esa barrera de manera mucho más efectiva que las palabras.
- Y además, qué cojones, es que no se porqué te tengo que dar explicaciones - dice, mientras se limpia el culo.
Termina sus quehaceres en el baño en silencio, mientras ella está en la puerta, quieta, casi paralizada.
- Y ya está - dice él, al pasar por delante de ella, sin mirarle a la cara, y baja las escaleras en silencio. Y entonces se paró, con la mano en la manivela de la puerta de su cuarto. Se paró, y recapacitó.
- Y además, soy imbécil. A estas alturas ya deberías saberlo - dijo, al darse cuenta de que había coartado un momento de sinceridad, y además le había echado las culpas a ella. De esta manera se sentiría un poco menos culpable. Abre la puerta del cuarto, disponiéndose a entrar.
- Pero yo te quiero - dice ella, con voz entrecortada, entre lágrimas, y se sentó en el suelo, apoyada en la pared, tapándose la cara con las manos.
Él sube las escaleras, despacio, armándose de calidez. Llea a donde estaba ella, y le aparta las manos de la cara, poniendo las suyas.
- Eh. Eh!
Desvalida, sedosa, dedica su colapsada actividad mental a elegir si mirarle o desviar la mirada.
- Mírame.
Ella lo mira, toda ternura y fragilidad.
- Yo te quiero. Que soy imbécil, y tú un poco también, y que a veces lo sacamos y nos ponemos tontos, pero que te quiero. Te amo. Sin tí no soy ni la mitad, de verdad. Te quiero con todas mis fuerzas.
Ella llora, más reconfortada, con la expresión constante.
Permanecen unos momentos en silencio, mientras la mirada de ella le sigue inquiriendo al corazón. Al cabo de unos diez segundos, él retoma la palabra.
- Perdóname.
Ella sonríe y lo abraza fuerta, contenta.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

a mi me pasó lo mismo pero nadie me pidió perdón.

saludos.

xmariachi dijo...

Miqueas 2:8: "El que ayer era mi pueblo, se ha levantado como enemigo".

Le voy a dedicar un post, hombre.