domingo, mayo 21, 2006

Vidas con suerte

"Qué suerte tienes", le dije. "¿Por qué?". "Por haberme encontrado esta noche".
Ella había venido a la fiesta con una amiga, a la cual había visto subir unas escaleras hacía más de una hora con un maromo que le sacaba dos cabezas.
Su carne estaba tensa, y tenía el gesto falso, pero qué cojones, era de las que viven con la eterna duda y que no saben decir nunca que no. Y eso era lo que yo necesitaba. Yo necesitaba follar.

La desperté de malas maneras y casi a golpes. Le dije que se vistiese y que a las ocho y media los dos teníamos que estar en la calle. Una vez allí le apreté las nalgas y me despedí con un beso sin ganas. Por entonces ya me rondaba la idea de dejar el contrabando. Últimamente había tenido problemas. "Una chica así no estaría mal, para empezar", llegué a pensar los días siguientes. Conseguí un trabajo y cambié de ciudad.

La encontré un domingo, dos años después, en mi cama al despertarme. Recordé su sabor, y me entraron unas ligeras náuseas.

Mucho trabajo, algo de alcohol y una crisis existencial me habían sumido en una tremenda depresión. La llamé a las tres semanas, y empezamos a salir. Ella era como un pedazo de carne que nunca se gastaba. Siempre estaba ahí. Lo mismo que me atraía era lo mismo que me repelía. Su cuerpo era insípido, soso, su saliva tosca. Pero no me preocupaba por ella. Me daba igual. Además, su padre tenía bastante pasta.

Ese invierno tuve un par o tres de depresiones. El verano lo pasé mejor. En un viaje entre amigos me follé a una de sus amigas, pero ella nunca tuvo verdaderas amigas. Así que nunca lo supo. Pasó el tiempo, me metí en treinta y cuatro y nos casamos.

"Enhorabuena", dijo el médico. "Ha tenido usted una preciosa niña". Sentí la mano de mi suegro en el hombro y quise huir. No pude decirle nada al señor doctor.

Ella era muy casera, siempre con sus cosas. Parecía tranquila, pero nunca sabías lo que estaba pensando. Su sonrisa falsa se le había encasquillado hasta deformar su mandíbula.

Reuniones sociales, cenas familiares. Empecé a jugar. A jugar mucho. Al tiempo ni me molestaba en ocultarlo. Ella no le hubiese dicho nada a su padre, pero mi hija sí se lo dijo, así que me metieron en una clínica. A mí me pareció bien cambiar de aires. Violé a una enfermera, y me empecé a sentír mejor.

Empecé a frecuentar un prostíbulo. Hice varios amigos, así que poco a poco se fue convirtiendo en el único lugar en el que me encontraba a gusto. Tras un año en el que fui a saco, luego casi nunca me apetecía. Encontré una vez allí a su padre. Al poco mi hija dejó de hablarme.

"Debido a una regulación temporal debemos prescindir de usted. Pero no se preocupe, seguimos teniéndole presente para el puesto en un futuro. Sería muy difícil encontrar a alguien como usted". Aquella tarde bebí. Bebí mucho. Recuerdo que rompí una botella contra la barra. Y que otras se rompieron en mí. Cuando me desperté, tendido en el suelo, alguien vino a socorrerme.

"Qué suerte tienes", le dije, mientras el gatito me lamía la mano.

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Este relato fue presentado a este concurso.

5 comentarios:

fettuchini dijo...

¿Existe saliva sofisticada?

xmariachi dijo...

si, y hace telarata.

Pedro dijo...

Jodo tu si que molas co! Y yo que me pensaba que era el puto amo del universo! Esta muy bien el relato. Gracias por tu visita.

xmariachi dijo...

De nada hombre.
Dijo el sabio Maestro Tortuga, por muy bueno que sea uno, siempre hay uno mejor. Mientras fijaba su mirada en las senioritas en bikini de la teletienda.

xmariachi dijo...

Bola de Dragón me enseñó todo lo que sé de la vida.