lunes, julio 14, 2008

Umbral postcoital

Cuántas veces, tendido, a esa hora del atardecer, después del amor, cuando una mujer, ardida ya, ha dejado de ser ella y se mueve como bulto o rumor por la casa, pienso, medito, existo, no existo ni medito, espero, no espero, oigo cantar a los niños en la calle, viejos niños de siempre, el que yo fui, niños del atardecer en la ciudad, tristes entre las luces, un rumor de barrio muy habitado, y esa línea fina en que se convierte el mundo, ido el deseo, rota la tensión caído el vuelo.

La mujer, no sé qué mujer, bulto de vida, tenía el cuerpo lleno de hogueras que he ido apagando, como se apaga un monte, y ahora, ensombrecida o inexistente, anda por los fondos últimos de la casa, de la tarde, mientras yo no existo sobre esta cama fría, y levito en la paz, el hueco, el silencio y la lucidez del post-coito. Es un momento de suprema apertura, de honda disponibilidad, de clara luz, y sólo por eso valdría el amor, por haber llegado a este puerto de sombra donde nada me ancla, a este estado - la única beatitud posible - de no desear, de no estar, no de ser. Los proyectos, el ruido de sables, todo eso está ahí, retirado, agazapado, esperando que yo me ponga en pie para invadirme y llenarme de armas pero ahora, mientras demoro mi vida y abandono mi cuerpo, apenas existo y la tarde viene a llenar, como un agua sin prisa, los huecos de mí que voy dejando.


Mortal y rosa,
Ed. Cátedra, 1975.
Francisco Umbral.

1 comentario:

fettuchini dijo...

Creo que Umbral es la clase de escritor que sólo gusta a quienes no les gusta leer mucho.

A mí estos dos párrafos casi me dejan K.O. así que tiemblo al pensar en imaginarme 300 páginas en ese plan.