sábado, octubre 24, 2009

El rey como embajador apolítico

Me gusta que haya una figura en un país que sea un embajador o representante apolítico de un país.

Uno de los defectos de las repúblicas democráticas, es que no existe nadie que represente un país, que lo haga desde un punto de vista de vista neutral. Es decir, que represente el país sin representar una visión particular de las cosas, sin que represente una visión política. En las repúblicas, la posición comparable al rey (jefe de estado) la ocupa el presidente de la república. Éste es electo, y generalmente adscrito a un movimiento político. Por lo tanto, suele ocurrir que un país enfríe o caliente relaciones con otros países simplemente por su color político.

En la monarquía este efecto se reduce, ya que existe siempre un representante apolítico que puede mantener relaciones diplomáticas con otro país con el cual el presidente del gobierno o su ministro de asuntos exteriores pueden no tener nada que decirse políticamente. No todo tiene la obligación de estar tintado con color político, a diferencia de lo que se trasluce de las altas esferas políticas.

Una vez defendida la figura del embajador apolítico, es difícil conseguirla. El problema se asemeja al de la elección de jueces del tribunal constitucional: los hay conservadores, los hay progresistas. Toda elección de cargos en general está politizada. ¿Cómo conseguimos alguien apolítico?

Parece cierto que para ello hace falta una tradición neutralista, objetivista. Que promueva y ejerza dichos valores. Pero, cuando hay poder de por medio, esto es difícil de conseguir: los candidatos se agrupan para poder tener más fuerza y posibilidades, y éstos grupos se suelen formar con arreglo a ciertas ideas o tendencias políticas. Y ya la tenemos.

En España ocurre en estos tiempos que existe una rama de esta tradición: la familia real. Son gente educada y formada para ser reyes, o embajadores apolíticos (que no sorprenda que el Ministerio de Igualdad promueva este cambio de nombre), desde la cuna. En ésta u otras dinastías monárquicas, la libertad de elección siempre ha sido un tema delicado: ha habido quien ha preferido ser plebeyo a ser rey, pero la presión ejercida sobre los futuros reyes es enorme.

Sin embargo, este entorno y esta educación orientada a la generación de diplomáticos (no gobernantes, claro), si bien extraña respecto de las ideas de liberté, egalité et fraternité, a mi entender produce, por el momento, buenos resultados. Desde luego, la experiencia de esa familia en el cargo es indiscutible.

Tengo claro que en cuanto algún rey no sea del gusto del público, de la gente, será el pueblo quien pedirá y logrará su destitución, y la conversión en república, etc. Estas cosas ocurren cuando algo no funciona. Ahora mismo, la percepción popular es que funciona. Y la familia real sabe que es el pueblo quien los sustenta, no al revés.

Quizás una alternativa sería la generación de una academia para reyes, de obligado paso para aquél que pretenda ser candidato a embajador apolítico.

Es importante que se acabe con la idea de que el rey lo es por voluntad divina. También chirría la herencia de un puesto de trabajo. A veces se me ocurre que debe ser como el típico negocio familiar: lo lleva el padre, normalmente lo continúan los hijos, pero bien pueden mandar a paseo al padre y montárselo por su cuenta.

Por otro lado, cuando observo a nuestros políticos, se me quitan las ganas de que esta figura esté expuesta a tejemanejes políticos. Para eso, mejor no tenerla, ya existe el ministro de asuntos exteriores.

Sería bueno que se creara una generación de este tipo de embajadores, sin necesidad de herencia en el cargo. Pero, ay, la tendencia es precisamente a politizar. Eso además de lo que costaría la generación de nuevas monedas de euro cada vez que alguien entre en el cargo.

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