sábado, junio 12, 2010

Relato: Los místicos hijoputas

Oiga doctor,
que no escribo una nota
desde que soy feliz.
Joaquín Sabina, Oiga doctor (1987)

Aquél era un país de místicos hijoputas. No sabías quién estaba detrás de quién, ni a quién tenías delante. Un país que me alegraba dejar atrás, tras todo este tiempo, en este vuelo fletado por la universidad. Allá iban quedando las nubes, y detrás, ese país tan raro, esas gentes que mediante trampas, fantasías, ignorancias e inocencias, casi han conseguido que las pueda amar.

- ¿Café, caballero?
- Sí, por favor.

La señorita rubia me sirvió un café de manera totalmente funcional, escandinava. Había vivido el mismo ritual tantas veces... y sin embargo, esta vez fue la primera en que eché de menos algo. Algo se removió por mi estómago. Una parte de mí esperaba esa sacralización del contacto que he vivido estos últimos años. Como centroeuropeo, siempre he estado acostumbrado a que las transacciones entre humanos transcurran tan asépticas como sea posible, utilizando esa máscara de amabilidad que nos hace parecer máscaras venecianas. Sin embargo, en este país las transacciones son una mera excusa para el contacto. El objeto de la transacción es irrelevante: lo importante es haber estado, haber conseguido, haber defendido, haber compartido. Da igual el qué. No recuerdo una sola vez en que, al servirme un té, no me preguntaran por qué estaba callado, por qué miraba al suelo, por qué parecía estar petrificado. No recuerdo una sola transacción económica superior a los cinco euros al cambio, donde el hombre no me preguntara para qué iba a usar lo que compraba, si tenía mujer o hijos... y asimismo me contara parte de su problemática vital. Al principio todo esto me parecía de una tremenda pesadez, que soportaba estoicamente para poder obtener lo que quería. Con el tiempo, aprendí a disfrutar de estas pequeñas cosas, y asimismo, a conseguir la mercancía más barata.

A veces me sentía como si cada cruce de palabras con un hombre local supusiera un pulso. Por supuesto, andaba con mucho ojo por mi pintas de extranjero, que, yo creía, me hacían blanco perfecto de sus engaños y malabarismos lingüísticos y corporales. Sin embargo, nunca me llegaron a robar algo realmente importante para mí.

Este avión, cápsula de modernidad, me traslada de nuevo a mi mundo. Sin embargo, yo me pregunto si mi amigo Franz, el estresado dueño del Café Kunst, enfrente de mi habitual residencia, vive mejor que el tranquilo dueño de la taberna de mi pensión. Se pasaba la mitad del día sentado en una silla, en la puerta de la casa, con una beatífica sonrisa. Sé que no tiene sentido, pero no puedo evitar pensar en estas comparaciones de mierda, que hasta subir al avión, ni siquiera me había planteado.


Vuelvo a mi casa. Vuelvo al frío.
Allí descubriré si yo les necesitaba a ellos más que ellos a mí.

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